jueves, 17 de agosto de 1995

La Caída del PIB

 

Pulso Económico


La Caída del PIB


Por: Jonathan Heath®


La caída del PIB en el segundo trimestre del año, anunciada recientemente por el INEGI, no solamente es el mayor descenso desde que se llevan las estadísticas trimestrales (1980), sino que seguramente es la caída más pronunciada de 1940 a la fecha.   El record anterior lo tenía la recesión de 1982-83 con una caída del 5.8 por ciento en el segundo trimestre de 1983.  También se registraron retrocesos de 5.3 por ciento en cada uno de los dos últimos trimestres de 1986.

El INEGI sostiene que la cifra sobreestima la baja en la actividad económica, dado que nuestras cifras no están corregidas por las variaciones estacionales.  Como hubo menos días de trabajo en este trimestre, comparado con el mismo trimestre del año anterior, al mismo tiempo que nos estamos comparando con el trimestre de mayor crecimiento del año pasado, esta cifra tiende a verse peor de lo que realmente es.  Sin embargo, sin realizar ningún cálculo preciso, este dato mostraría una caída muy pronunciada aún si lo corrigiéramos por estos factores.  La realidad no cambia: durante el segundo trimestre de este año tuvimos la caída más grande del PIB de los últimos cincuenta años.

Tratando de ver lo positivo de una noticia eminentemente negativa, lo más seguro es que esta recesión va tener una duración más corta que las anteriores.  En 1982-83 la recesión duró seis trimestres.  En 1986-87 la recesión duró cinco trimestres.  Esta recesión va ser más profunda que las anteriores, pero seguramente va a durar menos.

A pesar de esta cifra abrumadora, el rumbo de la política económica del gobierno ha sido el correcto.  El financiamiento de nuestro desarrollo ha sido una de las incógnitas más difíciles de responder desde hace mucho tiempo.  No tenemos capital ni ahorro para generar el crecimiento que necesitamos.  Desafortunadamente, dependemos del exterior para complementar nuestras inversiones a través del ahorro externo.  El error de los años pasados fue haber sustituido el ahorro externo por el ahorro interno, en vez de buscar su relación complementaria.

Por lo mismo, México necesitaba ganar de nuevo la confianza y credibilidad de la comunidad financiera internacional.  Esto no se hace por decreto, sino a través de la calidad de la respuesta en la política económica.  Necesitábamos demostrar que el default no se daría en nuestro caso y que las inversiones en México son buenas.  La comunidad financiera internacional se comprometió con nosotros con un paquete de ayuda sin precedencia.  Hubo muchos que apostaron en contra de nosotros.  Sin embargo, hemos probado que somos dignos de crédito y hemos podido regresar al mercado de capital internacional.

Gracias a la política económica puesta en marcha estamos recobrando esta confianza y como consecuencia, empiezan aparecer las primeras condiciones para que se dé la recuperación.  Primero teníamos que demostrar que no íbamos a caer en el default.  Segundo, teníamos que demostrar que somos capaces de llevar a cabo los ajustes necesarios para amortiguar la falta de entradas de capital. Después teníamos que inducir a la baja las tasas de interés.  Para lograrlo, teníamos que aplicar una política monetaria restrictiva que lograra que las expectativas inflacionarias fueran a la baja; inducir cierta estabilidad en el tipo de cambio; y establecer credibilidad en la política económica.

Esta confianza y credibilidad no se logran a través de la nacionalización de la banca, ni con controles de cambios, ni con la conversión forzosa de depósitos en dólares a pesos.  Más bien, se hace a través de demostrar que nuestros ahorros e inversiones están seguros, que no enfrentan perdidas por algún default o por una mayor erosión de la inflación.  Con esto empieza a recuperarse poco a poco la inversión.  Al observar algo de inversión, ciertos consumidores retoman la confianza y empiezan a gastar un poco más.  Así se induce la recuperación, que posteriormente (con un rezago importante) se traduce en la generación de empleos.

Obviamente existe un precio en el ajuste y es un precio muy elevado.  La caída del PIB y el aumento del desempleo son los mejores indicadores de esto.  Sin embargo, la alternativa pudiera ser mucho peor.  Si las autoridades no hubieran inducido la austeridad y los ajustes necesarios, quién sabe en dónde hubiéramos terminado.

A esta altura lo que no debemos hacer es un cambio de rumbo anticipado.  Vamos por el camino correcto y la recuperación se va a dar.  Debemos evitar las llamadas de pánico que piden un giro a la estrategia de la política económica, que pudiera poner el peligro la frágil estabilidad lograda.

Sin embargo, el problema del desempleo es hoy por hoy demasiado grande para ignorarlo.  El gobierno debe reorientar decididamente su gasto hacia aquellos proyectos que generen mayor cantidad de empleos.  Debemos acelerar el proyecto de reforma laboral.  Debemos incrementar el programa de becas para desempleados.  Necesitamos ver más líneas de acción del gobierno para combatir a fondo este problema.




Comparación de Recesiones




82-83 0.2 -0.6 -4.8 -4.2 -5.8 -4.9 -1.8 3.2
86-87 2.7 -3.6 -0.4 -5.3 -5.3 -1.3 0.3 2.8
95-96 4.0 -0.6 -10.5 -5.0 -2.0 0.5 3.5 3.0



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jueves, 10 de agosto de 1995

Otra vez la Valuación del Peso

 

Pulso Económico


Otra vez la Valuación del Peso


Por: Jonathan Heath®


Se ha discutido mucho si conviene una sub o sobrevaluación del peso.  Algunos dicen que conviene una subvaluación para mantener una alta competitividad en nuestras exportaciones.  Otros han mantenido que conviene una ligera sobrevaluación, dado que ayuda a abatir la inflación.

Cuando el año pasado, el famoso profesor Rudiger Dornbusch escribió un articulo en el que señalaba que la sobrevaluación del peso no permitía a la economía mexicana crecer, muchos funcionarios públicos y analistas privados se volcaron sobre él y le lanzaron duras críticas.  En vez de escuchar y admitir que existían dos lados del debate, se trató de desprestigiarlo a como diera lugar.  ¿Cómo se atrevía a criticar la política cambiaria mexicana?

Me acuerdo muy bien de un artículo escrito en este sentido, por uno de los más prestigiados y tradicionales Departamentos de Estudios Económicos de uno de los bancos más grandes.  El artículo trataba de despedazar al mencionado profesor, a través de una argumentación muy sesgada. Seguramente algún directivo del banco giró instrucciones para que se lanzara el ataque.

Una y otra vez, el estudio de la economía brinda lecciones interesantes.  Hemos de aprender que en la mayoría de las ocasiones, siempre hay por lo menos dos lados de cada situación.  Casi nunca existe el absolutismo.  Aunque pudieran existir algunas argumentaciones en contra de la posición de Dornbusch, deberíamos haber escuchado más de cerca sus puntos de vista, con la mente mucho más abierta.

En 1988, Dornbusch comentó en uno de sus artículos que los economistas “tienen una larga historia de experiencias con malos resultados: sobrevaluaciones, gastos deficitarios, liberaciones excesivamente rápidas, financiamiento de fugas de capital, tasas reales de interés demasiado elevadas, proteccionismo excesivo y más.”  Aplicando sus comentarios a las experiencias mexicanas, nosotros hemos tenido bastante experiencia de malos resultados, empezando con varios casos de sobrevaluaciones.  Yo me acuerdo de por lo menos los de 1953-54, 1974-76, 1980-82, 1985 y 1992-94.  Hemos pasado por la experiencia del gasto público deficitario (1972-1988) y sufrido sus consecuencias.  Sin lugar a dudas, vivimos una etapa de proteccionismo excesivo antes de la apertura de 1987.  Han existido momentos en que hemos permitido las salidas de capital a través de una política monetaria menos restrictiva de lo que debería haber sido (el debate sobre este tema en relación al año pasado aún no concluye).  Hoy estamos viviendo los resultados de una liberación demasiado rápida.

Tenemos que estudiar bien estas experiencias para no volver a cometer los mismos errores, especialmente en materia de nuestra política cambiaria.  Siempre que hemos tenido un periodo de sobrevaluación, hemos buscado justificar la situación a través de diferentes argumentaciones:  No estamos sobrevaluados si tomamos el diferencial de salarios en vez del de precios con otros países. No estamos sobrevaluados porque están creciendo nuestras exportaciones.  No estamos sobrevaluados dado que nuestra productividad ha aumentado.  No estamos sobrevaluados si nos comparamos con una canasta de monedas, en vez de fijarnos únicamente en los Estados Unidos.  No estamos sobrevaluados si tomamos tal año como base en vez de este otro.  No estamos sobrevaluados porque nuestras reservas están creciendo.  No estamos sobrevaluados porque está entrando inversión extranjera al país.

Queda claro que ante una situación de sobrevaluación y subvaluación, es preferible estar subvaluado.  Sin embargo, también existen consideraciones para evitar una subvaluación sistemática.  Primero, una subvaluación provoca la compra de activos externos, lo cual no tiene sentido en un país con escasez de capital.  Tiene más sentido invertir en casa que en el extranjero. Esta política podría provocar un superávit en la cuenta corriente que serviría de base para financiar la exportación de capital privado.  En el menos malo de los casos, podría provocar una acumulación excesiva de reservas de divisas, que tendría un costo para el país.

Segundo, la subvaluación no necesariamente provoca más crecimiento, dado que estimula la inversión fuera del país.  Tercero, no estimula la competitividad, dado que el tipo de cambio lo sustituye.  Por último, el tipo de cambio real tiene una contrapartida en los salarios reales.  Un tipo de cambio subvaluado aumenta la rentabilidad del capital y castiga al salario.

En su experiencia comparando diferentes países en diferentes momentos, Dornbusch ha observado que en los países exitosos una cosa similar siempre ha surgido: estos países hicieron un compromiso para evitar cuellos de botella en el área de divisas, para prevenir que la economía creciera menos rápido o que se colapsara.  En otras palabras, se debería evitar siempre una sobrevaluación sistemática de nuestra moneda.

La subvaluación tiene sus recompensas, dado que mantiene una alta competitividad.  Sin embargo, no queda perfectamente claro que la subvaluación sea una política ventajosa.  Al final de cuentas, parece que un tipo de cambio real bien valuado es lo más aconsejable.


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jueves, 3 de agosto de 1995

La Valuación del Peso

Pulso Económico


La Valuación del Peso


Por: Jonathan Heath®


A poco más de siete meses de la devaluación, han surgido una cantidad increíble de comentarios, artículos y editoriales sobre la supuesta valuación del tipo de cambio.  Al parecer hay cierta preocupación de que la competitividad ganada a través de la devaluación se vaya a perder rápidamente y volvamos a una situación en que se necesite otra devaluación.

Mucha de la inquietud fue causada por el comentario del Presidente Zedillo hace varias semanas, de que el tipo de cambio se iba a mantener cerca de los seis nuevos pesos por dólar.  Dado que tenemos en la actualidad un nivel elevado de inflación, fijar el tipo de cambio pudiera ser peligroso. Dado que el ajuste cambiario fue mucho mayor de lo que se necesitaba para tener un tipo de cambio adecuadamente valuado, se obtuvo un colchón de subvaluación.  Ahora que el tipo de cambio se ha estabilizado, la inflación se está “comiendo” la subvaluación.  En un momento dado, la subvaluación se acabara y nuestra política cambiaria podría resultar frágil de nuevo.

Sin embargo, el Plan Nacional de Desarrollo dice que la política cambiaria deberá ser la que nos dé certidumbre, tanto real como nominal.  En otras palabras, se establecerá seguramente una política de bandas (lo que otorgaría certidumbre nominal), en la que las bandas fluctúan en función del diferencial de inflación entre México y el exterior (lo que nos daría la certidumbre real).  Pero antes de establecer esta política, necesitamos ponernos de acuerdo en cuál debería ser el nivel real del tipo de cambio.

¿Cuál es el tipo de cambio real de equilibrio que deberíamos mantener para la economía mexicana?  Esto es similar a preguntar cuál es el año base que deberíamos tomar para realizar nuestros cálculos de una paridad teórica.  Aunque esta metodología dista mucho de lo deseado, es la que más se usa y la más fácil de comprender.

Debemos escoger un año en que la economía estaba en una buena situación, la balanza de pagos en cierto equilibrio y el tipo de cambio era el adecuado.  A este año lo denominamos el año base, que significa que teóricamente, el nivel de competitividad del tipo de cambio era el correcto y que deberíamos tratar de que sea similar.  Para esto se toma el diferencial de inflación entre México y el resto del mundo (para simplificar se toma la inflación de los Estados Unidos), de ese año a la fecha y se calcula la paridad teórica.  La diferencia porcentual entre esa paridad y la actual, es el porcentaje de sub o sobrevaluación del peso.

En los cálculos que más se manejan, los años de mayor uso son 1970 y 1978.  Los dos son años en los que la economía era relativamente estable y no existía algún problema en la balanza de pagos. En el caso de 1970, los cálculos indican que el tipo de cambio era el adecuado, a pesar de que se había mantenido fijo por 16 años.  Dada la lejanía de ese año, muchos analistas prefieren tomar 1978, cuando ya habían transcurrido dos años de la devaluación de 1976.

Indudablemente, es un ejercicio muy subjetivo.  Sin embargo, sí existen algunas consideraciones que podemos hacer.  Primeramente, nunca deberíamos tomar un año en que se acaba de devaluar. No son años estables y siempre existe un sobreajuste en el tipo de cambio.  Un ejemplo de este error lo hace la Cámara Americana de Comercio (en el periódico The News, página 32 del lunes 31 de julio), cuando toma el año de 1976 para realizar sus cálculos.

Tampoco deberíamos tomar los años en que existía una evidente sobre o subvaluación.  Por ejemplo, en el periodo 1986-87 se experimentó con una política cambiaria de subvaluación muy agresiva.  Si tomamos esos años, va a resultar que siempre está sobrevaluado el tipo de cambio.  Otra consideración son los cambios estructurales que ha sufrido la economía mexicana.  ¿Cómo podemos comparar al México de hoy con la economía cerrada que existía antes de 1987?  Esto significaría que la política de apertura no trajo diferencias en productividad, eficiencia y competitividad.

Si es este el caso, nos quedan muy pocos años de donde escoger.  No podemos tomar un año anterior a 1987 porque era cuando la economía estaba cerrada.  No podemos tomar 1987-88 porque todavía existían los efectos de la política agresiva de subvaluación de aquellos años.  No podemos tomar 1993-94, dado que fueron los años del desequilibrio último.  Esto significa que nos queda únicamente el periodo 1989-1992, o sea, cuatro años de donde escoger.

Al examinar cada uno de estos años, surge 1990 como el año más lógico.  En ese año ya no teníamos el efecto de la gran subvaluación de 1987-88, ni tampoco la supuesta sobrevaluación de los últimos años.  El déficit de la balanza comercial fue del 0.4 por ciento del PIB, mientras que el déficit de la cuenta corriente representaba el 3.0 por ciento.  A partir de 1991, estos déficit empiezan a crecer en forma acelerada.

¿Cuál sería el tipo de cambio al final de este año, que nos diera el mismo nivel competitivo del tipo de cambio de 1990?  Con una inflación estimada de 50 por ciento para este año, el tipo de cambio de N$6.10 por dólar en diciembre sería el equivalente de un tipo de cambio bien valuado. Siguiendo con el mismo ejercicio, si la inflación del año entrante es del 21 por ciento, entonces el tipo de cambio adecuado para finales de 1996 sería N$7.14 por dólar.

Al final de cuentas, esto significa que no nos deberíamos preocupar por el tipo de cambio este año.  Sin embargo, si deberíamos buscar una política cambiaria que nos lleve a N$7.14 al final del año entrante, con flexibilidad y certidumbre.  ¿Se podrá lograr?


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jueves, 27 de julio de 1995

El Abatimiento Inflacionario

 

Pulso Económico


El Abatimiento Inflacionario


Por: Jonathan Heath®


Hace tres días El Banco de México dio a conocer las cifras de inflación para la primera quincena de julio.  Tal y como se comenta en el Boletín de Prensa, la cifra publicada de 1.01 por ciento resulta ser la más baja de todas las quincenas transcurridos durante 1995.  Con este resultado y una inflación esperada para la segunda quincena entre 0.40 a 0.98 por ciento, podemos anticipar una inflación del mes entre 1.9 y 2.1 por ciento (supongamos 2.0 por ciento).  Esta cifra implica una inflación anualizada de 26.8 por ciento, comparado con la inflación de 8.0 por ciento que observamos en abril, que representó una inflación anualizada de 151.8 por ciento.

Sin lugar a dudas, el impacto de la inflación resultante de la devaluación empieza a disiparse en forma importante.  Este tipo de inflación es una corrección en los precios de una vez por todas, es decir, una corrección en la estructura de precios relativos.  Un precio relativo es el precio de un bien en términos de otro, por ejemplo, el precio de un litro de leche expresado en kilos de tortillas.  La devaluación provoca un cambio en uno de los precios relativos más importantes de la economía, que es el del dólar, y que por lo tanto, de entrada afecta los precios de todo lo que importamos.  De aquí que todos los productos que contengan insumos importados se ven afectados.  La última rinda de precios son en aquellos productos y servicios, que sin tener insumos importados, buscan subir de precio para compensar la pérdida de ingresos que pudiera representar.  Sin embargo, las mismas fuerzas de mercado no permiten aumentos muy marcados en ciertos bienes porque disminuye su demanda en forma más que proporcional.

Aunque este reacomodo de precios es de una vez por todas, las correcciones se realizan en etapas y como consecuencia su duración es de meses.  Sin embargo, lo que provocó el impacto en una primera instancia ya no sigue ejerciendo presión, por lo que tiene un impacto temporal.  Esto ocurre siempre y cuando no se validen mayores presiones inflacionarias a través de aumentos salariales o de un déficit fiscal.  Dado que el gobierno tiene un pequeño superávit en sus finanzas, los aumentos salariales se han contenido y el Banco de México esta aplicando una política monetaria restrictiva, la inflación que hemos observado como consecuencia de la devaluación se va abatiendo.

Al final de cuentas, lo que queda es un nivel general de precios mayor a la que teníamos el año pasado, con una estructura de precios relativos diferentes.  Los precios, siendo señales del mercado sobre que es escaso y que abunda, nos transmite ahora un mensaje diferente a la del año pasado: en general, los productos o servicios importados o elaborados con insumos importados van a costar más porque las divisas son escasas.

Esta experiencia es muy diferente a la de 1982-83, cuando al inflación aumentó en una forma mucho más marcada después de las devaluaciones de 1982.  Esto fue porque no se aplica una política económica adecuada para contener la inflación.  Después de la devaluación de febrero de 1982, el gobierno respondió con un aumento salarial de emergencia de 10 a 30 por ciento, provocando una inflación mayor que neutralizó por completo el aumento salarial.  La lección de aquel momento fue que, desafortunadamente, los salarios reales no se pueden aumentar por decreto.

Dado que la política monetaria y fiscal, junto con los aumentos salariales, han sido adecuadas para abatir la inflación, ¿qué podemos esperar en materia de la inflación para el resto de este año y el año entrante?  El mismo Banco de México ha dicho que espera tasas de inflación promedio mensual alrededor del 2 por ciento para la segunda mitad del año.  Si esto es cierto, la inflación acumulada entre julio y diciembre sería del 12.6 por ciento, que sumado a la acumulada del primer semestre (33.0 por ciento), tendríamos una inflación anual (de diciembre a diciembre) del 49.8 por ciento.

Si esta misma inflación no disminuye (ni aumenta), tendríamos una inflación el año entrante de 26.8 por ciento.  Si alguien espera que la inflación del año entrante sea mayor al 27 por ciento, entonces esta esperando que se renueven las presiones inflacionarias.

Parece ser factible esperar la inflación promedio del 2 por ciento por el resto del año, con aumentos por motivos estacionales en septiembre y diciembre.  Sin embargo, podríamos pensar que este 2 por ciento sería el techo y que la inflación promedio podría ser tan baja como 1.5 por ciento.  Si esto fuera el caso, el piso de inflación para este año sería de 45.4 por ciento.  No obstante, esto significa que tendríamos que observar algunos meses de inflación por debajo del promedio para compensar los meses que sabemos que por motivos estacionales van a quedar arriba (enero, septiembre y diciembre).

Si el piso de la inflación de 1.5 por ciento mensual es la que se observaría durante todo el año entrante, es factible terminar el año de 1996 con una inflación menor al 20 por ciento (19.6).  Esto significa que la meta original del programa de emergencia (19 por ciento), anunciada el pasado 3 de enero, podría ser factible para 1996.


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jueves, 20 de julio de 1995

La Primera Parte del Articulo de Aspe

 

Pulso Económico


La Primera Parte del Articulo de Aspe


Por: Jonathan Heath®


Hace dos semanas The Wall Street Journal publicó un artículo llamado “The Peso Surprise” (reproducido en Reforma en esta sección el jueves 6 de julio), dando un paso más en el debate sobre la política económica y las decisiones políticas tomadas durante 1994 que resultaron en la devaluación.  En ese artículo, que seguramente ustedes ya leyeron, se comenta cómo Zedillo y Salinas acordaron devaluar y Aspe no se los permitió.  El artículo, como recordarán, dice que era tanta la confianza que los expertos tenían en Aspe, que se dejaron engañar.  Los comentarios vertidos allí le dolieron tanto a Aspe, que a la semana rompió su silencio y escribió un artículo comentando su versión de los hechos (publicado en Reforma el viernes pasado).

En su artículo afirma que durante los últimos ocho meses, han surgido las críticas naturales sobre lo que hizo o dejó de hacer como Secretario de Hacienda, habiéndose concentrado las interrogantes y las críticas de la opinión pública en tomo a dos temas relativamente concretos: la política económica instrumentada a lo largo de 1994 y los últimos 10 días de su gestión, en particular la famosa reunión del 20 de noviembre de 1994. Sobre lo segundo, Aspe se extiende bastante y da una explicación interesante que ha contribuido al debate.  Sin embargo, sobre lo primero, su respuesta deja mucho que desear, ya que no contesta ninguna de las múltiples interrogantes que han surgido acerca del papel de la política económica en 1994.  Su respuesta se limita a decir que ha leído los documentos públicos y que coincide con los argumentos, explicaciones, cifras y resultados expuestos.

Existen claramente dos partes fundamentales en el debate.  La primera se concentra en las decisiones de política económica tomadas durante el año que a final de cuentas provocaron o dieron lugar a la devaluación.  La segunda se refiere directamente a las decisiones tomadas al final del año que provocaron que el monto de la devaluación fuera mucho más grande de lo que debería haber sido.  Lo ultimo tiene mucha miga los comentarios políticos: quien le dijo que a quien, etc.  Sin embargo, desde mi óptica es mucho más importante discutir abiertamente la primera parte, es decir las decisiones de política económica que dieron pie a una situación de devaluación.  Desafortunadamente, esta parte es la que omite Aspe en su artículo.

Ciertos puntos quedan muy claros.  A principios de 1994 no existía la necesidad de una devaluación.  Había una cantidad amplia de reservas, las exportaciones estaban creciendo a tasas superiores a la mayoría de los países del mundo, todavía existían cuantiosas entradas de capital y el déficit en cuenta corriente del año anterior había cerrado en un nivel inferior a la de 1992, es decir, la tendencia del déficit era a disminuir.  Por otro lado, Aspe había comentado en muchas ocasiones que si México mantenía una política macroeconómica consistente, nunca tendríamos que enfrentarnos a una situación como la del final de 1994. También había dicho que si las entradas de capital empezaran a disminuir, el déficit externo se ajustaría por si solo, ya que lo que lo había causado en un principio eran las entradas de capital.

No queda claro cómo es que habiendo disminuido en forma importante las entradas de capital durante el año pasado, no solamente no existió la disminución del déficit externo, sino que aumentó en forma acelerada.  Dado que se provocó una situación de devaluación al final del año, según la lógica de Aspe, debería de haber ocurrido inconsistencias en la política económica.  Yo no las encontré explícitamente en los Criterios de Política Económica ni en ninguno de los otros documentos.  Sin embargo, si encontramos que en unos documentos se dice claramente que la devaluación fue producto de una sobrevaluación y un déficit insostenible en la cuenta corriente.  En otros documentos se dice que no existe evidencia de una sobrevaluación y que muchos países han podido vivir con déficit elevados. ¿Con cuál estará de acuerdo el ex-secretario?

También quedan muchas dudas en torno a la autonomía del Banco Central durante el año pasado. Se dice que Hacienda giró órdenes al Banco de México de no permitir que las tasas de interés se elevaran demasiado para no provocar una mayor crisis en el sector bancario. No obstante, esta política era inconsistente con el mantenimiento de la política cambiaria. También se oyen rumores de que Hacienda giró órdenes para que el Banco de México le adelantara al FIRA y a otros fideicomisos, el monto total de recursos que recibirían en el año, antes del primero de abril, fecha en que entraba en vigor la autonomía del Banco Central.  He oído que esta decisión se tomó antes del 23 de marzo, y que por lo tanto, no tenía que ver con los eventos delictivos.

En varios artículos publicados por funcionarios públicos años atrás, se dice que lo primero que se tiene que hacer cuando se enfrenta una situación de salidas de capital, es aplicar una política restrictiva que le reste liquidez a la economía.  Sin embargo, sabemos que se hizo exactamente lo contrario.  Quizá los argumentos expuestos en los documentos públicos tienen algo de razón, sin embargo, existe un debate muy fuerte en torno a este punto, especialmente fuera de México. ¿Cuál es la posición de Aspe?

Al final de cuentas, sabemos que el pasado fue año de elecciones y que muchas de las decisiones de política económica tuvieron que tomar esto en cuenta.  En 1993 vivimos un periodo de estancamiento económico que había que superar antes de que los electores fueran a votar.  Se repitió el patrón de todos los últimos sexenios.  ¿Cuál es la respuesta de Aspe?

Al final de cuentas, la política cambiaria se tenía que modificar hacia fines del año, ya sea en forma abrupta, a través de una modificación en el desliz, por medio de una flotación o de alguna otra forma.  Las decisiones tomadas en noviembre y diciembre seguramente hicieron que la crisis fuera mucho más grande de lo que era necesario.  Pero si las decisiones de política económica tomadas a través del año hubieran sido consistentes, la discusión del 20 de noviembre ni siquiera hubiera ocurrido.  Existen muchas incógnitas y faltan respuestas.  Creo que es muy saludable debatir estos puntos abiertamente. Ojalá que Aspe escriba otro artículo para aclarar esta primera parte a la que hace referencia.


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jueves, 13 de julio de 1995

Respuestas Ortodoxas

 

Pulso Económico


Respuestas Ortodoxas


Por: Jonathan Heath®


Durante la última semana el Indice de Precios y Cotizaciones de la Bolsa Mexicana de Valores ha demostrado un dinamismo que no habíamos visto en todo el año.  Se han conjuntado una serie de factores, que por primera vez, han inyectado un nuevo optimismo en el mercado.  La Reserva Federal de los Estados Unidos anunció una baja en la tasa de interés de los Fondos Federales, lo cual significa el comienzo de una nueva tendencia a la baja de las tasas norteamericanas, buscando evitar una recesión en su país.  Este es exactamente lo contrario a lo que vimos el año pasado cuando se dieron siete alzas consecutivas en la tasa para evitar las presiones inflacionarias.

También vimos una aceptación sorprendente de la nueva colocación de deuda mexicana en los mercados internacionales, lo cual se pensaba que podría tener una aceptación tibia.  Sin embargo, resultó muy demandado y finalmente se colocará un monto mucho mayor a lo ofrecido originalmente.  Esta colocación, junto con otras anteriores, marcan un regreso fuerte al mercado voluntario de capital internacional.

Por otro lado, el Departamento de Tesorería decidió otorgar a México el siguiente tramo del préstamo negociado en febrero pasado, lo cual significa que el desempeño de la economía mexicana ha sido lo suficientemente bueno como para convencer al gobierno de los Estados Unidos y a la Comunidad Financiera Internacional de que la recuperación es viable.

Son muchos los indicadores que empiezan a revelar que la parte premiante de la crisis la empezamos a dejar atrás y que es posible pensar en una recuperación.  La inflación mensual ya esta a niveles del 3 por ciento anual dentro de una clara tendencia a la baja.  El superávit de la balanza comercial sigue una trayectoria ascendente, lo cual minimiza la necesidad de divisas.  La política monetaria ha logrado una disminución significativa en las tasas de interés nominales como consecuencia de expectativas inflacionarias a la baja.  La política fiscal ha cumplido su meta de aumentar el ahorro público más allá de lo presupuestado en el primer semestre.  En pocos días empezaremos a recibir los resultados del segundo trimestre de las empresas registradas en la Bolsa, lo cual se espera que no estén tan negativas como se pensaba hace algunos meses.

Obviamente, estos indicadores no significan el final de la crisis.  La recesión seguirá por lo menos por unos trimestres más.  El desempleo todavía sigue aumentando, llegando a niveles críticos, lo cual representa un problema social enorme.  Las reservas internacionales netas de todas obligaciones de corto y largo plazo todavía son muy negativas.  Sin embargo, se ve que se puede lograr una estabilización de la economía y empezar a crecer a partir del año entrante.  Esto significa un cambio muy marcado con la crisis de 1982-83, en donde nunca se logró estabilizar bien la economía y tuvimos problemas por un periodo muy prolongado.  De hecho no tuvimos acceso a los mercados voluntarios de capital hasta siete años después.

¿Por qué es tan marcada la diferencia en las reacciones del mercado financiero internacional entre esta crisis y la de hace trece años?  La razón principal es que en esta ocasión se buscó la solución a través de los mecanismos de mercado, utilizando una política económica más ortodoxa.  Una de las razones principales por la cual no existía mucha confianza en nuestro país es que los inversionistas no conocían como podría reaccionar el gobierno mexicano ante la crisis.  Dado que la respuesta fue ortodoxa, la reacción de los inversionistas ha sido positiva.  No los hemos espantado y empiezan a regresar poco a poco.

En 1982, nuestra respuesta a la crisis fue la nacionalización de la banca, la introducción de control de cambios, la conversión forzosa de depósitos en dólares a pesos, permisos previos sobre el 100 por ciento de las importaciones y una política económica de ajuste aplicada a medias.  Como resultado, tuvimos que mantener un superávit en la balanza comercial por un tiempo extendido y no tuvimos acceso a capital (voluntario) del exterior.  Aquí la lección principal es que es mejor trabajar junto con la comunidad internacional en la búsqueda de soluciones, en vez de aislarnos y tomar medidas antagónicas.  Ya no podemos pensar en nuestro país como una economía aislada, sino como parte de una economía global cada vez más integrada.

Ahora tenemos que resolver los problemas de fondo que se han agudizado a consecuencia de la crisis: el desempleo, la distribución del ingreso, la pobreza y la falta de poder adquisitivo de una gran parte de la población.  Estos problemas son complejos, enraizados en las estructuras del país y por lo tanto, sus soluciones no son aparentes ni fáciles.  A nivel mundial, se ha observado un rechazo a la mayor intervención del gobierno como posible vehículo para solucionar estos problemas.  Sin embargo, el liberalismo total tampoco ha mostrado ser la panacea de nuestros males.  Lo que si resulta ser importante es que en la búsqueda de las soluciones, conviene más trabajar con la comunidad internacional y no en contra de ella.


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jueves, 6 de julio de 1995

La Política Monetaria

 

Pulso Económico


La Política Monetaria


Por: Jonathan Heath®


Durante el presente año el Banco de México ha mantenido una política monetaria restrictiva, dirigida a abatir las presiones inflacionarias ocasionadas por el ajuste cambiario a finales del año pasado.  Como parte de la misma estrategia, esta política busca reducir la liquidez en el sistema para forzar un nuevo equilibrio entre la oferta y demanda de fondos prestables.  Al reducirse dramáticamente el ahorro externo (los flujos de capital del exterior), la economía debe ajustarse a la nueva disponibilidad de crédito.  Esta política, diseñada por el Banco de México, forma parte esencial de la política económica adaptada por el gobierno para afrontar la emergencia económica.  Al mismo tiempo, fue avalada por el Fondo Monetario Internacional y la Reserva Federal y el Departamento de Tesorería de los Estados Unidos.

Ultimamente se ha cuestionado esta política como si el Banco de México tuviera muchas alternativas.  Los empresarios se han quejado por la falta de liquidez y han dicho que si las autoridades monetarias siguen restringiendo la liquidez, lo único que van a lograr es quebrar a una cantidad significativa de empresas.  En buena medida, piensan que el Banco de México debería de hacer justo lo contrario: aumentar la liquidez en la economía para evitar la quiebra de empresas.

Resulta importante entender a fondo la naturaleza de esta política y las alternativas que verdaderamente enfrentamos.  La razón de instrumentar una política restrictiva es precisamente porque ya no tenemos la disponibilidad de crédito que teníamos antes.  Durante los últimos cuatro años entraron al país más de 90 mil millones de dólares (562.5 mil millones de nuevos pesos al tipo de cambio de hoy, lo cual representa cerca de 12 veces nuestra base monetaria). Nuestro nivel de vida como país, reflejaba esta situación.  Sin embargo, este año no tendremos acceso a esta cantidad de dinero y por lo tanto, tenemos que ajustar nuestro nivel de vida como país a esta nueva realidad.

La liquidez o cantidad de dinero en circulación o oferta de fondos prestables, no es algo que el Banco de México pueda determinar como arte de magia.  Las autoridades monetarias no pueden inyectar recursos a la economía simplemente porque quieren.  Si hoy en día se imprimiera dinero para aumentar la circulación, lo único que provocaría sería más inflación y no solucionaría el problema de los empresarios.  Los empresarios tendrían los mismos problemas de liquidez pero a un nivel mayor de inflación.

Por otro lado, existen algunos que alegan que la política monetaria no ha sido lo suficientemente restrictiva dado que las tasas de interés han disminuido demasiado rápido.  Dado que la tasa de interés es el precio del crédito, el hecho de que aumente o disminuye debería ser el mejor reflejo de la política monetaria.  El hecho de que las tasas de interés estén bajando significa que la liquidez en la economía esta aumentando.  Sin embargo, esta afirmación también esta equivocada.  La baja en las tasas de interés es reflejo de una política monetaria acertada.

Durante el primer semestre del año, el crédito interno del Banco de México disminuyó en 40,781 millones de nuevos pesos y la base monetaria ha sufrido una caída de 9,991 millones de nuevos pesos.  Esto ha coincidido con seis meses de inflación acumulada de 32.8 por ciento.  El resultado es que la política monetaria ha sido muy restrictiva, tal y como debería de ser.

Una política monetaria restrictiva ayuda a crear expectativas de inflación a la baja.  Por decir, después de conocer la inflación de 8 por ciento durante el mes de abril, los mercados esperaban una inflación cerca de la mitad para abril (fue 4.2 por ciento) y ahora esperamos una tasa cerca de 3 por ciento para junio.  La inflación de julio seguramente será menor al 2.5 por ciento.  Estas expectativas son la razón primordial para explicar la baja en las tasas de interés.  En otras palabras, las tasas de interés han bajado porque la política monetaria restrictiva ha funcionado.

La implicación principal de lo anterior es que los empresarios no deberían criticar la política monetaria y a la falta de liquidez en la economía.  Más bien deberían de buscar que se mantenga para asegurar que las tasas sigan a la baja y así poder salir mas rápidamente de la recesión actual.

La política monetaria es restrictiva porque se busca salir de la recesión mas rápidamente y no es causa propiamente de la recesión.  La recesión fue provocada por la interrupción de los medios de pago del exterior que causó un desequilibrio entre la oferta y demanda de recursos prestables.  La política monetaria busca restablecer un nuevo equilibrio y así salir de la recesión actual.

Debe quedar claro que no podemos aumentar artificialmente los medios de pago en una economía, es decir, las autoridades monetarias podrán manejar los montos nominales pero nunca los montos reales.  Lo último lo determina la economía a través de la propensión del ahorro familiar, los flujos de capital del exterior, el ahorro de las empresas, la inversión total y demás variables que inciden en la determinación de la oferta y demanda de crédito.  Lo que deben hacer las autoridades es instrumentar políticas que incentivan al ahorro para aumentar la oferta.


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