jueves, 9 de octubre de 1997

La Corrupción Mexicana

 

Pulso Económico


La Corrupción Mexicana


Por: Jonathan Heath



Hace unos día, el embajador de Canadá en nuestro País, Marc Perron, tuvo que renunciar a su cargo por haberse quejado públicamente de la corrupción mexicana.  Aunque queda claro que un diplomático no puede ni debe criticar a un país en esos términos, también tenemos que admitir que lo que dijo es muy cierto.  Nos asombramos no por lo que dijo, sino por el hecho de haberlo dicho públicamente.  Nos da coraje que un extranjero nos critique en nuestra propia cancha y lo tomamos como un insulto.  Sin embargo, no es ningún secreto que tenemos un problema de corrupción generalizado en todos los sectores, regiones y niveles del País.

Es muy común señalar que existe corrupción en todos los países y que los extranjeros expresan una tremenda hipocresía al señalar la nuestra.  Nos obstante, el buscar la culpa en otros lados no es la forma en que vamos a solucionar el problema.  Dicen que la mitad de la solución es el reconocimiento del problema.  En este sentido, debemos simplemente aceptar abiertamente que tenemos un problema espeluznante de corrupción como pocos países del mundo.

En un artículo reciente, en el Journal of Economic Literature,  Pranab Bardhan, de la Universidad de California en Berkeley, examina a fondo la relación entre la corrupción y el desarrollo.  Busca responder a la incógnita de por qué la corrupción es tan distinta en diferentes países y sociedades, y ofrece el intento de un marco teórico para entender ciertos comportamientos.

En su estudio, resalta de inmediato el hecho de que México está catalogado en el lugar 38 de 54 países en cuando a la percepción de corrupción.  Utilizando una escala de 10 para un país sin corrupción posible.  México obtiene una calificación de 3.3  Encabeza la lista Nueva Zelandia con 9.4 situándolo como el país menos corrupto, hasta llegar a Nigeria, el último con una calificación de 0.7.

A pesar de que existen 16 países calificados con mayor corrupción que México, llama la atención el hecho de que el autor utiliza a nuestro País, en varias ocasiones, como ejemplo de ciertas prácticas corruptas.  En una parte de su estudio, busca examinar algunos beneficios de la corrupción para tratar de entender su existencia casi universal.  Dice que la institucionalización del sistema altamente corrupto del PRI permitió a México trascender a una década de revolución violenta.  Sin embargo, reconoce que aun en nuestro caso, la corrupción es tan persuasiva y endémica que nunca pudo aspirar a tener efectos positivos netos.  Más bien, la corrupción tiende a una retroalimentación, que va creciendo por su propia inercia y crea efectos altamente negativos en cuanto al bienestar.

Entre las conclusiones principales del estudio, se encuentra la existencia de una asociación significativamente negativa entre el índice de corrupción y la tasa de inversión y por lo mismo, de crecimiento económico.  Se encuentra que una mejoría de un punto en el índice puede incrementar la actividad económica en 3 puntos porcentuales.  Inclusive, se sugiere que un mayor crecimiento de la economía puede generar suficientes fuerzas positivas para reducir la corrupción.

Para poder analizar los efectos perversos de la corrupción, se tiene que empezar por distinguir entre lo ilegal y lo legal, al igual que entre lo inmoral y lo moral. La corrupción se puede dar en distintas combinaciones, ya que no toda es ilegal o inmoral.

En búsqueda de soluciones a la corrupción, el autor menciona dos  caminos que de una forma u otra se han buscado en México..  A nivel económico es altamente recomendable la desreugulación y el desmantelamiento de prácticas administrativas que fomentan este tipo de comportamiento.  A nivel político se recomienda la construcción de instituciones democráticas, que conllevan a mecanismos de mayor transparencia y rendición de cuentas.  Estas dos vertientes están relacionadas la una con la otra.

En sí, la corrupción es el resultado lógico del mercado ante restricciones o controles excesivos.  Entre más autoritario resulte un país e imponga un número creciente de regulaciones, tiende a existir mayor corrupción. Inclusive aumenta la eficiencia, permitiendo una mayor actividad económica en comparación con un país que tenga muchas regulaciones y restricciones, pero en donde no existan las prácticas corruptas.  Pro es obvio que si se quiere incrementar la eficiencia económica de un país, es mucho más eficaz la desregulación.

Sin embargo, se debe tener mucho cuidado en el proceso de desregulación y de eliminación de controles.  No toda desregulación significa menor corrupción o mayor eficiencia.  En muchas ocasiones la privatización de una función pública simplemente corresponde a un cambio de un monopolio público a un monopolio privado, sin una mejoría en la asignación eficiente e los recursos.  La privatización puede ser una política que a la larga reduzca la corrupción, pero el propio proceso la incrementa y crea problemas adicionales (como la crisis bancaria).

También se tiene que reconocer la existencia de objetivos sociales que pueden ser más importantes que la eliminación de la corrupción.  Por ejemplo, la práctica de subsidiar las tortillas en esencial para ofrecer a la gente de menores recursos el acceso  un alimento básico.  Sin embargo, la utilización de recursos públicos en este proceso se presta a la corrupción ,mientras que el subsidio está llegando a personas de altos recursos que no lo requieren .  se podría regresar al esquema de los “tortibonos”, que supone un subsidio más dirigido pero que aumenta la corrupción.  También se puede eliminar el subsidio por completo, cerrando toda posibilidad de una malversación de recursos, pero se elimina también el objetivo social.

Existen varios puntos de vista acerca del abatimiento e la corrupción.  Por un lado, están los “moralistas”, que piensan que se necesita un cambio fundamental en los valores y normas de honestidad de la sociedad.  Sin embargo, se ha encontrado que las campañas públicas son totalmente ineficaces; mientras que otras instituciones que pudieran inculcar este cambio, como la Iglesia, tienen sus propios problemas de corrupción.  Por otro lado, existen los “fatalistas”, que son más cínicos y apuntan a que hemos llegado a un punto sin retorno, en donde la corrupción es tan persuasiva y está tan arraigada que no hay mucho que se pueda hacer.

La historia apunta muchos casos exitosos en donde se ha reducido la corrupción.  Aunque tenemos que admitir la impotencia de la Iglesia y de la persuasión moral, no nos podemos dar por vencidos.  Debemos buscar los caminos adecuados, a través de una mayor democratización y a instrumentación de leyes adecuadas, que no fomenten el abuso y que pongan los incentivos económicos en los lugares correctos.


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lunes, 6 de octubre de 1997

La Política Cambiaria Chilena

 

Pulso Económico


La Política Cambiaria Chilena


Por: Jonathan Heath


Muchos analistas han recomendado a México la adopción de una política cambiaria similar a la que actualmente opera en Chile, que establece un tipo de cambio real relativamente constante y que por lo mismo, asegura que se evite que la moneda esté sub o sobrevaluada.  ¿Cómo funciona esta política?

La política cambiaria chilena gira alrededor de un tipo de cambio de referencia, que trata de reflejar el tipo de cambio teórico.  Esta referencia es una cotización llamada “acuerdo-dólar”, que es una ponderación del dólar, el yen y el marco.  Diariamente, varía la cotización según los tipos de cambio de estas tres monedas y mensualmente se anuncia una variación adicional según la diferencia entre la inflación chilena y la tendencia de inflación chilena y la tendencia de inflación de los socios comerciales (que se ha establecido en 2.4 por ciento). Con ponderaciones del 45 por ciento para el dólar americano; 30 por ciento para el marco alemán, y 25 por ciento para el yen japonés, forman un tipo de cambio ponderado que llaman CRM, término que significa Canasta Reajustada de Monedas, similar en concepción a la cotización del DEG (Derecho Especial de Giro, utilizado por el FMI).  El equivalente de esta cotización en dólares por pesos chilenos es lo que se llama el acuerdo-dólar.

La política cambiaria de bandas, que teníamos en México, funcionaba a través de la determinación de bandas que marcaban el piso y el techo del tipo de cambio. Dentro de estos límites, se permitía una flotación libre con base en la oferta y la demanda de divisas.  Cuando el tipo de cambio llegaba al techo, el Banco de México se comprometía a ofrecer al mercado los dólares necesarios para evitar que subiera más.  De igual forma, cuando el tipo de cambio tocaba el piso, el banco central estaba comprometido a comprar todos los dólares que sobraban, para evitar una mayor apreciación de nuestra moneda.

En esta política, lo más importante era la fijación de las bandas y las reglas establecidas para moverlas a través del tiempo.  Dado que se estaba utilizando al tipo de cambio como ancla para reducir la inflación, el techo se incrementaba a través de una regla fija en un porcentaje que resultaba menor que el diferencial de inflación.  El piso se fijó en un nivel que prevenía la apreciación nominal, pero permitía la apreciación en términos reales.

Sin embargo, en cualquier momento se pondrían haber cambiado estas reglas, de tal forma que las bandas se movieran en función del diferencial de inflación.  Básicamente, ésta era la diferencia con la política chilena.  En su caso, se definen las bandas como un porcentaje de desviación, por ejemplo, de 10 por ciento, del tipo de cambio de referencia que es el del acuerdo-dólar.  En este sentido, el acuerdo-dólar siempre es el centro de la banda y se va ajustando en función del diferencial de inflación.  De esta forma, esta política garantiza un tipo de cambio real relativamente constante, que evita sistemáticamente la sobrevaluación y permite una mayor predictibilidad a la cotización cambiaria.  Es un sistema de flotación dentro de una banda preanunciada, que varía según el diferencial de inflación.

Si es que se aplicara esta política al caso mexicano, tendríamos un tipo de cambio de referencia que se ajustaría de acuerdo al diferencial de inflación entre México y los Estados Unidos.  No habría necesidad de determinar una canasta de monedas, ya que el 85 por ciento de nuestras exportaciones y 80 por ciento de nuestras importaciones son con los Estados Unidos.  Después se fijarían las bandas a través de un porcentaje (supongamos 10 por ciento) por arriba de la referencia (techo) y 10 por ciento por debajo (piso).  Así, el tipo de cambio de mercado estaría flotando libremente entre estas dos bandas, mientras que las bandas se mueven en función de la inflación.

Para su instrumentación, necesitaríamos de nuevo contar con reservas suficientes para poder garantizar que el tipo de cambio se podría mantener dentro de las bandas.  A su vez, las bandas estarían incrementándose cerca del 0.8 por ciento mensualmente, lo cual sería como 6 centavos al mes o 74 centavos al año.  Sin embargo, en la medida en que vaya disminuyendo la inflación, iría disminuyendo el desliz de las bandas.

El primer problema a resolver sería la determinación del tipo de cambio de referencia inicial, un problema muy similar al de determinar el tipo de cambio real de equilibrio, es decir, el tipo de cambio adecuado para evitar un descalabro. En principio, éste sería algo arbitrario.

El segundo problema sería el de  transmitir la flexibilidad necesaria para poder ajustar el tipo de cambio de referencia cuando sea necesario.  En el caso de Chile, han tenido que apreciar el acuerdo dólar en varias ocasiones, en reconocimiento de que las variables fundamentales de la economía han cambiado y que no se pueden acumular demasiadas reservas en forma continua.  Se tiene que reconocer que la política cambiaria chilena ha funcionado gracias a esta flexibilidad.  Al final de cuentas, estos ajustes son un reconocimiento de que el tipo de cambio de equilibrio no es una constante y que la moneda se va fortaleciendo con el tiempo.  También se ha encontrado que, a pesar de la apreciación de la moneda, la balanza comercial se ha mantenido dentro de límites manejables.

El establecimiento de esta política es para mantener un tipo de cambio real constante a través del tiempo.  Sin embargo, irónicamente , su éxito se ha dado gracias al reconocimiento de que el tipo de cambio real no se debe mantener constante y se ha permitido su apreciación.  ¿Entonces para qué instrumentar tal política?  ¿Por qué abandonar el régimen de flotación, si al final de cuentas se tendría un tipo de cambio similar?

Parece ser que el régimen cambiario puede determinar el tipo e cambio nominal e influenciar el tipo de cambio real por un determinado tiempo.  Pero al final de cuentas, el tipo de cambio real será determinado por las fuerzas reales de la economía, por más esfuerzos que realice el banco central.

En vez de buscar una variación en el régimen cambiario, las autoridades monetarias deberían de asegurar que los flujos de capital que vengan al País sean de largo plazo y para fines productivos.  Al mismo tiempo, al Gobierno Federal debería de asegurar una política fiscal capaz de evitar un desequilibrio externo y que promueva el ahorro interno.

Obviamente, estas decisiones deberán ser consideradas durante los siguientes años en el pleno de la Junta de Gobernadores.  Por lo mismo, será de primordial importancia poner a un gobernador que sea un economista capaz, bien versado en los aspectos técnicos de la política monetaria y un banquero central de vocación.  No necesitamos a un abogado para esta posición tan crucial.


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jueves, 2 de octubre de 1997

La Política Cambiaria y la Sucesión

 Pulso Económico


La Política Cambiaria y la Sucesión


Por: Jonathan Heath


El tipo de cambio, al mayoreo que reporta diariamente el Banco de México, cerró ayer a 7.7540 pesos por dólar.  Hacia finales del año pasado, el tipo de cambio estaba casi en el mismo nivel.  De hecho, el 14 de diciembre de 1996, estaba en 7.79 y cerró el año en 7.70.  Esto representa una apreciación real de la moneda de casi 9 por ciento en lo que va del año.

Si tomamos el diferencial de inflación entre México y los Estados Unidos desde 1990 hasta la fecha, resulta que al mes de agosto el tipo de cambio está sobrevaluado 8.5 por ciento. Existen muchas formas de valuar el tipo de cambio, pero casi todas indican ya la existencia de una ligera sobrevalución.  La excepción de una ligera sobrevaluación.  La excepción es si utilizamos costos laborales unitarios en vez de inflación.  Sin embargo, la inquietud sobre la apreciación cambiaria (falta de competitividad) se ha extendido entre el publico, en especial entre aquellos que sufrieron los efectos traumáticos de las devaluaciones pasadas.

Existen muchos argumentos para justificar el tipo de cambio actual y el régimen cambiario de flotación.  En especial, debemos reconocer la dificultad de manejar un tipo de cambio distinto a lo que determina el mercado.  Casi todas las políticas que buscan determinar un nivel distinto terminan por crear más inflación y un costo en términos fiscales.  Por lo mismo, las autoridades monetarias han insistido en manejar un régimen de flotación en el que básicamente el mercado determina a diario el tipo de cambio.

Detrás de esta política está la creencia de que la teoría  de la paridad del poder adquisitivo, es decir, la determinación de un nivel de sub o sobrevaluación, es un concepto simplista que pudiera derivar en conclusiones erróneas acerca del nivel adecuado.  El tipo de cambio real de equilibrio, o en otras palabras, el tipo de cambio adecuado para evitar un descalabro, no es una constante a través del tiempo.  Más bien, va cambiando con las circunstancias del momento, con los fundamentos de la economía y junto con los cambios estructurales.  Por ejemplo, no podemos asumir que el tipo de cambio adecuado de hace doce años, cuando la economía se encontraba cerrada, sea el mismo que se requiere hoy en día.  En pocas palabras, interviene muchas más variables en la determinación del tipo de cambio adecuado que simplemente el diferencial de inflación.

No obstante, por más explicaciones que ofrece el Banco de México, los funcionarios públicos o los académicos que conocen los últimos avances de la ciencia económica y el público en general no queda convenido ni tranquilo al ver que el tipo de cambio se va fortaleciendo.  Por lo mismo, muchos reclaman una política cambiaria distinta, que pudiera evitar la apreciación de la moneda o, por lo menos, asegurar que el tipo de cambio se mueva en relación al diferencial de inflación.  Hay que reconocer que no solamente son los exportadores los que reprochan el régimen actual, sino también muchos empresarios, obreros, políticos funcionarios públicos y académicos.  Por lo mismo, es difícil ignorar esta posición 

Es en este sentido que muchos están viendo la sucesión del gobernador del Banco de México como la oportunidad para modificar la política cambiaria.  El resultado es que casi toda la especulación, acerca de quién será el próximo gobernador, está relacionada con cuál será la política cambiaria a partir el año entrante.  Se dice que si es Francisco Gil Díaz, tendremos tal política cambiaria; si es Guillermo Ortíz, será otra; con José Sidaoui Dib, se ajustará de tal manera, o si resulta Eduardo Fernández García, entonces podríamos anticipar tales cambios.

No obstante, antes de entrarle al juego de la especulación, que de por sí es interesante y consume muchas horas de café, deberíamos examinar las opciones existentes.  Podríamos sospechar que Eduardo Fernández o alguna otra persona ajena a la Junta de Gobernadores actual, introduciría un cambio radical, como fijar el tipo de cambio o establecer una banda inferior.  Sin embargo, primero deberíamos examinar a fondo las ventajas y desventajas de cada opción distinta para ver si realmente conviene o si es viable.

Algunos economistas han sugerido regresar a una política cambiaria de reglas en la que se establece una banda inferior al tipo d cambio, que va deslizándose hacia arriba con el tiempo, de acuerdo al diferencial de inflación.  De esta manera se evita la apreciación, pero se deja que haya los ajustes que sean hacia una moneda más débil.  Esta política favorece a los exportadores dado que les garantiza un tipo de cambio mínimo; mientras que perjudica los flujos de capital de corto plazo, tipo golondrino, que nada más buscan una ganancia rápida y se van.  Se asegura que no habrá una sobrevaluación, pero se permite toda la subvaluación que sea.

Como en todo, cada política tiene sus costos.  Tenemos que reconocer que es perjudicial, tanto una subvaluación como una sobrevaluación.  Esta política asume que es más dañina una sobrevaluación, mientras que la subvaluación es un pecado menor.  Sin embargo, una subvaluación implica presiones inflacionarias, menores salarios reales y un costo creciente para mantener las reservas internacionales.  Este régimen crea lo que se llaman círculos viciosos, que conllevan a una inflación creciente,  Durante el periodo 1986-87, se instrumentó una política similar dirigida a mantener una subvaluación constante.  Durante ese lapso tuvimos la inflación más alta desde la Revolución Mexicana y se desató una burbuja especulativa que terminó con mucha de la actividad productiva del País.

Para poder mantener esa política, el Banco de México se tendría que comprometer a comprar las divisas necesarias para asegurar un precio mínimo del dólar.  Cuando existen presiones apreciativas en el mercado, el Banco Central compraría todas las divisas en exceso.  Sin embargo, nunca vendería divisas al mercado, aun en casos de una gran depreciación, dado que no existe un techo o precio máximo.  Esto significaría que el banco estaría comprando divisas que nunca utilizaría y que no podría vender en un futuro, pero cuya manutención representa un costo creciente.

No solamente representaría una política de comprar por comprar, sino que de existir presiones apreciativas de la moneda por un tiempo indefinido, se podría llegar a extremos ridículos de reservas de divisas.  Esto ocasionaría una política continua de esterilización para evitar una monetización más allá de la necesaria, complicando de sobremanera la política monetaria.  Al final de cuentas, el Banco de México dejaría de ejercer control sobre la base monetaria.

Por algo esta política no se aplica en casi ninguna economía del mundo.  Sin lugar a dudas, los costos serían mayores a los beneficios.  Seguiremos analizando opciones.  El próximo lunes, el estilo chileno.


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lunes, 22 de septiembre de 1997

Guillermo Ortíz Martínez

 

Pulso Económico


Guillermo Ortíz Martínez


Por: Jonathan Heath


Hace poco más de un mes, presentamos aquí lo que pensamos que deberían ser los requisitos mínimos para ser candidato a gobernador del Banco de México, buscando primero analizar las cualidades del puesto para después examinar a los candidatos principales.  Posteriormente, analizamos a Francisco Gil Díaz, Jesús Marcos Yacamán, José Julián Sidaoui Dib, Eduardo Fernández García y Carlos Ruiz Sacristán, quienes eran los candidatos más viables en ese momento para sustituir a Miguel Mancera Aguayo.  Posteriormente, a manera de conclusión, expusimos una lista de otras personas que se han mencionado como candidatos, que incluía a Sergio Ghigliazza, Jesús Silva Herzog, Santiago Levy, Pedro Aspe, Fernando Solana, Guillermo Ortiz Martínez, Guillermo Güemes García y Agustín Carstens.  No analizamos a todos en la lista por falta de espacio y por considerar que sus posibilidades no eran muy elevadas para aspirar al puesto.

Durante el último mes, han aparecido muchos comentarios, más rumores y cambios en las percepciones de los distintos candidatos.  Casi de inmediato, Carlos Ruiz Sacristán se autodescartó para ser un candidato viable.  Pero lo más importante de todo es que ha surgido con mucha fuerza el nombre del actual secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz Martínez, como un candidato serio para el puesto.

Sinceramente, llama la atención la consideración de Ortiz Martínez para ser el siguiente gobernador.  Primero, por que el puesto de secretario de Hacienda es de mayor jerarquía que el de gobernador del banco central.  Hay que recordar que durante casi toda su historia, el banco siempre estuvo subordinado a la Secretaría de Hacienda.  Por lo mismo, el cambio del actual secretario tendría que verse como un castigo y no como un premio, consecuencia de un desempeño que no habría sido óptimo.  Hasta ahora, la percepción del secretario es muy buena, ha realizado un buen trabajo y goza de cierto prestigio, tanto dentro como fuera del País (bueno, a excepción del bloque opositor de la Cámara).

Segundo, para tapar un hoyo se estaría haciendo otro más grande.  ¿Quién podría ocupar el puesto de secretario de Hacienda durante los siguientes tres años que serán clave para evitar la crisis financiera del año 2000?  Tendría que ser alguien con mejores credenciales y prestigio que el propio Ortiz Martínez y, sinceramente, está muy flaca la caballada.

Tercero, el poner a un político al frente el Banco d México limitaría la imagen de un banco central autónomo u dificultaría su consolidación como organismos independiente.  Pero peor aún, si este político es el secretario de Hacienda, la señal que se estaría mandando es que habrá una subordinación total del banco a la secretaría.  Se estaría poniendo al encargado de Hacienda en el puesto máximo de la política monetaria, para asegurar que éste cumpla con los mandatos del gobierno.  Esta sería la peor señal para la consolidación necesaria de esta institución.

Cuarto, algunos analistas argumentan que sería clave poner a Ortiz Martínez en el Banco de México para asegurar una modificación en la política cambiara del País.  Hoy en día, estiman que existe un peligro de sobrevaluación de la moneda que, seguramente, llevará al País a una crisis devaluatoria en el año 2000.  Cualquiera de los subgobernadores actuales mantendrá la misma política, si es que llegara a ser gobernador.  Por lo mismo, habría que poner a Ortiz Martínez al frente del banco, dado que es conocido que él favorece una política cambiaria tipo chilena, que mantendria un tipo de cambio real.

Sin embargo, esta línea de argumentación es absurda.  Tiene más poder el secretario de Hacienda para determinar la política cambiaria, que el gobernador del Banco de México.  Esta es función de la Comisión de Cambios, compuesta por tres miembros de Hacienda.  Si Ortiz Martínez quiere cambiar o adecuar la política cambiaria hoy, tiene todo el poder para hacerlo.  Si no lo ha hecho es porque está convencido que habría que darle el beneficio de la duda a la política actual.

No hay la mínima sospecha sobre las capacidades técnicas de Guillermo Ortíz Martínez.  Nació en la Ciudad de México el 21 de julio de 1948, por lo que hoy tiene 49 años de edad.  Es economista de profesión, con maestría y doctorado en economía de la Universidad de Stanford, con especialización  en teoría monetaria.  Trabajó desde 1977 en el Banco de México, dejándolo únicamente el sexenio pasado para ser subsecretario de Hacienda.  Estuvo como representante del Banco de México en el Fondo Monetario Internacional por cuatro años.  Tiene un carácter fuerte e independiente, con una capacidad de liderazgo demostrado.  Aunque lleva tiempo fuera del banco, siempre ha estado en puestos muy ligados a la política monetaria y fiscal del País.

Sin embargo, tiene todas las aspiraciones políticas de un secretario de Estado, ya que es miembro del PRI desde 1965.  Más que vocación de banquero central, Ortiz Martínez aspira, como político, a algo más grande.  Aunque goza de excelente prestigio como secretario de Hacienda, tanto en México como en el exterior, no sería bien visto como candidato a gobernador del banco central, dado que no se vería como alguien que consolidaría  la autonomía.

Por lo mismo, la calificación final (con la misma escala y criterios que hemos utilizado anteriormente) de Guillermo Ortiz Martínez es de 8.5, lo cual lo coloca por debajo de los tres subgobernadores que analizamos, pero arriba de los demás candidatos externos que hemos considerado.  Al final de cuentas, no le pide nada a nadie en cuanto a su capacidad técnica, conocimiento de la teoría y política monetaria y habilidad de liderazgo.  Sin embargo, la debilita el hecho de que es el actual secretario de Hacienda.  Se estaría mandando una señal, tipo Echeverría, de que la política monetaria se manejaría desde Los Pinos.

No hay razón convincente para remover a Ortiz Martínez de la Secretaría de Hacienda.  Es un puesto clave para la conducción de la política económica del País.  Estamos en un momento crucial del sexenio y, poco a poco, regresan la confianza y la credibilidad en el Gobierno.  Ya tenemos la tan codiciada recuperación macroeconomía, pero persiste el reto de expandirlo a la mayor parte de la población, de resarcir lo más que se pueda la pérdida en el poder adquisitivo, de sostener el crecimiento económico y el ritmo actual de creación de empleos, así como incrementar el gasto social efectivo y remediar el problema del sobreendeudamiento.

Queda por delante la tarea de evitar la crisis financiera del año 2000.  El encargado de esta tarea es el secretario de Hacienda.  Tiene en sus manos todos los instrumentos necesarios, incluyendo la política cambiaria. .Tenemos ya la persona ideal para ese puesto.  Necesitamos a alguien que no quiera evadir esta responsabilidad, aceptando un cargo en otro lado.  Por lo mismo, Guillermo Ortiz Martínez no es el candidato ideal para ser el próximo gobernador del Banco de México.


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jueves, 18 de septiembre de 1997

¿Debate o Plática de Sordos?

 

Pulso Económico


¿Debate o Plática de Sordos?

Por: Jonathan Heath

El día primero de septiembre, en su Tercer Informe de Gobierno, el Presidente de la República hizo el llamado que ya todos comentan, para sostener un debate sobre la política económica que se deberá seguir en nuestro país.  Como resultado de lo mismo, muchos ya han comenzado a discutir y a plantear sus opiniones en torno a los límites y alcances de la política actual.  La cúpula empresarial ya sostuvo su simposium y la gran mayoría de los editoriales y artículos de opinión versan sobre lo mismo.
Los primeros resultados del debate han sido francamente una decepción.  Por un lado, todos argumentan que se debe realizar un diálogo abierto y serio en donde todos tenemos que escuchar y mantener una postura flexible.  Pero la verdad es que nadie quiere escuchar, sino únicamente que lo escuchen.  Cada quien cree saber la verdad o sostener la interpretación correcta.  Aunque dicen que quieren dialogar, realmente cada quien participa en un monólogo.  Queremos que los demás nos escuchen, que sean flexibles en sus posturas y que tengan la mente abierta.  Pero no aplicamos la misma lógica hacia nosotros mismos.
Hasta ahora se han mostrado tres vertientes.  En un extremo están el Presidente, los funcionarios públicos, los representantes de la cúpulas empresariales, los banqueros, los académicos con estudios en los Estados Unidos, el FMI y el Banco Mundial.  Esta posición sostiene que el modelo actual es el correcto y que cuando mucho, necesita algunas adecuaciones menores.  Ya vamos creciendo, la inflación va a la baja, se están generando empleos y poco a poco va regresando la confianza de los extranjeros en el país.  El instrumento principal es la ley de la oferta y la demanda, mientras que los pobres ya tienen el programa “Progresa”.
Esta vertiente sostiene que no debe estar a discusión la esencia de una economía de mercado, ni la importancia de abatir la inflación.  La discusión se debería de concentrar casi exclusivamente en cuál tendría que ser el régimen cambiario, cuál el contenido de la reforma fiscal y algunos otros temas menores.
En el otro extremo tenemos a los que culpan al modelo actual de todos los males que aquejan al país.  El liberalismo a ultranza perjudica a la gran masa de la población, a través del desempleo y la merma continua de sus salarios.  Es un modelo diseñado para beneficiar a los ricos y por lo mismo, tiende a empeorar la distribución del ingreso.  La única forma de contrarrestar al mercado es a través de una mayor responsabilidad del Estado.
Esta vertiente busca una revisión a fondo de las políticas de apertura, privatización y desregulación.  El mercado no es un mecanismo confiable y por lo mismo, necesita regulación y supervisión, junto con precios controlados, subsidios y mayor gasto social.
La tercera vertiente no pertenece a ninguno de los extremos.  Es la del desinterés en los detalles y en el cómo.  Simplemente se limita a demandar resultados.  Aquí es donde se sitúa la gran mayoría de la población.  A ellos no les interesa el debate ni van a participar en él.  Pero al final de cuentas, son a quienes más les va a afectar el resultado.
El problema es que hasta ahora no existe punto intermedio en donde se pudieran encontrar los dos extremos.  Cada grupo quiere que el otro se acerque a su extremo, dado que piensa que está en lo correcto.  Para ellos el debate consiste en convencer a los demás que están bien y los demás están mal.
Veamos algunos ejemplos.
Un representante del extremo neoliberal es Roberto Salinas León.  En su columna de El Economista, Roberto ha manifestado reiteradamente la importancia de las libertades individuales, la protección de la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos voluntarios, la libre entrada y salida de los mercados y la superioridad de las fuerzas de mercado para la asignación óptima de recursos.  Para él, parte del problema ha sido la falta de desregulación y demás reformas inconclusas.
En uno de sus últimos artículos dice que el ataque al modelo neoliberal por la oposición descansa en una ficción semántica.  Los criterios que él defiende no son parte de una agenda neoliberal de derecha, sino más bien condiciones necesarias para lograr el progreso económico a largo plazo.  Por lo mismo, una economía libre, con un Estado limitado, es la mejor y única forma para que haya bienestar para todos.
Un representante del extremo opuesto es Lorenzo Meyer.  El visualiza al modelo actual como uno en el cual predomina la “selección natural” que favorece la concentración de la riqueza y que ofrece, a nivel de discurso, el bienestar por goteo.  Pero, en la práctica las masas no tiene formar de ganar y se da un proceso de pauperización continua.
Mientras que la visión de Salinas León es que solamente el mercado puede acabar con la pobreza, la visión de Meyer es que el mercado la acentúa y promueve una distribución inequitativa del ingreso.  Estas dos visiones son diametralmente opuestas.  Simplemente no existe terreno intermedio para negociar.
Para llegar a un consenso, los que están a favor del modelo neoliberal tendrán que reconocer que el mercado no sirve para abatir la pobreza y menos la pobreza extrema.  Tendrán que aceptar que la mayoría de los mecanismos que se han utilizado hasta ahora son más bien paliativos que no solucionan el problema.  Se tendrá que hacer mucho más que los programas de bajo costo recomendados por el Banco Mundial.
Al mismo tiempo, los que se oponen al modelo actual tendrán que aceptar que los mecanismos del mercado no solamente son muy eficientes para asignar la mayoría de bienes en la economía, sino que la las más de las veces que se busca corregir sus fallas, se termina por crear problemas mayores.  Tendrán que aceptar que la inflación termina por perjudicar a los pobres y que será más fácil resolver nuestros problemas dentro de un ambiente de estabilización y crecimiento continuo.  También tendrán que aceptar la realidad de la globalización y las responsabilidades de las deudas adquiridas.
Conozco personalmente tanto a Roberto Salinas como a Lorenzo Meyer.  A los dos los respeto mucho y reconozco su inteligencia, su capacidad analítica y su entrega al debate serio.  Han llegado a sus conclusiones después de años de estudio, investigación y meditación.  Sin embargo, los dos se sitúan en los extremos del debate y nunca cederán su posición ideológica.  Como ellos, tenemos centenares de analistas serios en cada lado del debate, cada quien convencido de su posición intelectual.
Simplemente visualizan al mundo y a México en forma distinta.  ¿Funcionará el debate?  O será, simplemente, una plática de sordos.


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lunes, 15 de septiembre de 1997

Educación Mediocre, Camino a la Corrupción

 

Pulso Económico


Educación Mediocre, Camino a la Corrupción


Por: Jonathan Heath


La semana pasada comentamos sobre la calidad del sistema educativo mexicano.  Señalamos que los objetivos de la política educativa son muy precisos: que más mexicanos vayan a la escuela y completen más ciclos educativos.  Sin embargo, el problema no es simplemente la cantidad de años de estudio, sino más bien tenemos un problema educativo de fondo: el de la calidad.

Comentamos que el problema es muy profundo y arraigado y tiene que ver con la filosofía misma de la manera que se educa en nuestras escuelas.  El problema es que a lo que nos enseñan es a memorizar y no a pensar.  Como resultado del artículo, recibí una gran cantidad de comentarios, tanto por teléfono y fax, como por e-mail, manifestando apoyo a esta observación.  En general, no solamente están de acuerdo, sino que señalan ejemplos múltiples que subrayan la pobreza de nuestro sistema educativo.

El año pasado, comenté acerca de la política presupuestal en relación a nuestra educación.  En los países asiáticos, el énfasis educativo es en la primaria.  Los años básicos de la enseñanza son más generalizados entre la población y, por lo mismo, llegan a más personas.  En cambio, la educación universitaria es más elitista por naturaleza.  Por lo mismo, el Gobierno debería de gastar casi la totalidad de su presupuesto en extender y mejorar la educación primaria y media superior, dejando que la universitaria sea en función del sector privado o de mecanismos públicos que busquen su autofinanciamiento.  Tal y como algunos me señalaron, deberíamos enseñar a nuestros niños a pensar, investigar, leer y a discutir desde pequeños.

El enseñar el gusto por la lectura es un elemento básico de nuestra educación.  Por algo, las estadísticas señalan que somos de los países a nivel mundial con la más baja venta y distribución de libros.  El promedio de venta de periódicos en México es más bajo que en la mayoría de los países latinoamericanos.  Esto es reflejo de nuestro sistema educativo.

Un ejemplo personal puede ilustrar nuestro problema.  Mi hijo, que acaba de terminar la secundaria, llevaba en su escuela una materia adicional que se llamaba Taller de Lectura.  El director de la escuela pensó que era importante inculcar el hábito de la lectura en los jóvenes.  Sin embargo, la maestra les puso a leer a Hamlet, una obra compleja de Shakespeare, y a Kafka, un filósofo checo muy denso.  Poner a un joven a leer este tipo de obras es antipedagógico.  El resultado fue que ahora a mi hijo no le gusta mucho la lectura y no lo puedo culpar.

Parte de la formación educativa tiene ue ser transmitir el gusto por el conocimiento.  La lectura debe ser algo agradable y que dé una recompensa, a través de una experiencia grata.  La discusión debe tener un valor muy importante dentro de la escuela, para que el alumno vea que existen diferentes puntos de vista, que pueda expresar adecuadamente el suyo y que a la vez sepa escuchar.

No solamente debemos enseñar a pensar sino también  competir, a tratar de ser mejores siempre.  Una persona que sabe razonar y competir es valiosa para la sociedad.  Sin embargo, nuestro sistema educativo parece dejar en el alumno la ley del menor esfuerzo.  Aquí un buen ejemplo lo podemos encontrar en las universidades, en donde llegan  culminar no solamente todos los estudios, sino también todas las deficiencias.  En vez de tener alumnos que busquen superarse y que tengan un apetito por el conocimiento, nos encontramos con una mediocridad desconcertante.

Primero, muchas universidades tienen todavía el sistema de salones en donde los mismos alumnos comparten todas las materias.  Esto, en vez de fomentar un ambiente verdaderamente universitario y competitivo, simplemente refleja una extensión de la prepa.  Fomenta la unidad entre los alumnos, para reducir el nivel académico a través de un frente común contra el maestro.

Segundo, muchos alumnos tienen pase automático y, por lo mismo, un nivel académico muy pobre.  Otra vez el resultado es que bajan el nivel académico dado que son estudiantes mal preparados, sin ganas realmente de aprender. . Esto no es exclusivo de las universidades públicas, sino que también existe en universidades privadas de reputación, pero ligadas al mismo sistema de educación media superior.

Tercero, no se fomenta la competencia entre los alumnos sino más bien la mediocridad.  Cuando el maestro deja un trabajo, lo hacen en equipo o en forma colectiva.  Siempre existe una o dos personas que realizan el trabajo y el resto del salón termina por copiarlo.  No les enseñan a realizar trabajos de investigación, acudir a las bibliotecas o periódicamente realizar ensayos, pero finalizando la carrera les piden una tesis formal.  Este proceso es nefasto, ya que van de un extremo (de no enseñar a investigar) al otro (de pedir un trabajo final formal para titularse).

Estos contrastes los tengo muy presentes.  Estudié la preparatoria en un colegio con el sistema americano.  Nos enseñaron a investigar, a utilizar las bibliotecas, leer mucho, escribir ensayos o trabajos en forma rutinaria, debatir ideas y filosofías, cuestionar los conocimientos y competir por las calificaciones.  Posteriormente, ingresé a una universidad privada mexicana con pases automáticos y sistema de salones, en donde mis compañeros no sabían investigas, debatir y competir.  Todo el salón se ponía de acuerdo para bajar el nivel académico y tratar de aprender lo mínimo posible.  Finalmente, fui a estudiar un posgrado en los Estados Unidos en una de las universidades más competitivas.  El choque cultural fue inmenso..

Pero la experiencia más aguda la he adquirido a través de la docencia.  Cada vez los alumnos están menos preparados y menos dispuestos a luchar por lo que realmente importa.  He dado clases de posgrado en donde he tenido que repasar conocimientos básicos, que se deberían de haber adquirido desde la preparatoria.  Me he dado cuenta de que no saben aplicar las teorías que vieron en otras materias.

Necesitamos enseñar a nuestros hijos a pensar, competir, investigar, debatir, leer y disfrutar de la educación.  Tenemos que dejar atrás las prácticas de memorizar, de conformarse con lo mínimo, de aceptar la mediocridad y de no gozar la enseñanza.  Nuestros problemas actuales de corrupción e impunidad son reflejo de los valores adquiridos a través de nuestro sistema educativo.

Todos nuestros esfuerzos por mejorar el País serán en balde, si no mejoramos la calidad de la educación.


Comentarios, observaciones y críticas al Email: heath@infosel.net.mx


jueves, 28 de agosto de 1997

El Crecimiento y la Inflación para 1997

 

Pulso Económico


El Crecimiento y la Inflación para 1997


Por: Jonathan Heath


La semana pasada se dio a conocer al público que la actividad económica del País (PIB) había crecido 8.8 por ciento durante el segundo trimestre del año.  Junto con el 5.1 por ciento del primer trimestre, resulta ue la primera mitad del año vio una expansión de 7 por ciento.  La simple aritmética nos dice que con un crecimiento promedio de 5 por ciento durante la segunda parte el año, nos dará un incremento del 6 por ciento para el año.  Aunque tuvimos una tasa de crecimiento promedio anual por encima del 6 por ciento por un periodo de 40 años (de 1941 a 1981), ésta sería la primera vez que volvemos a observar el anhelado 6 por ciento desde 1981.

Definitivamente, se tiene que ver este resultado como positivo.  A pesar de las críticas de los partidos de oposición es mejor un crecimiento más elevado que uno menor.  Simplemente, significa que en promedio en el País hay más producción de bienes y servicios que antes.  Inclusive, los datos desagregados confirman que la recuperación se extiende ahora a todos los sectores de la economía.  Si es que se quieren generar más empleos, resarcir el poder adquisitivo de la clase obrera y aumentar el bienestar de la población, un buen primer paso en el crecimiento económico.

Aun en el caso de que la mayor parte del crecimiento tenga su origen en el sector exportador, la economía interna saldrá beneficiada dado que los trabajadores de estas empresas tienen más trabajo y mejor sueldo.  Ellos saldrán a comprar más productos, generados a su vez una mayor demanda de bienes y servicios, Esto se llama el efecto multiplicador.  En el mismo sentido saldrán beneficiados los pobres, en la medida en que aumente la recaudación del Gobierno y exista más gasto social.

No obstante, debemos tener cuidado al analiza estos datos y prevenir el futuro desempeño de nuestra economía.  Sería un error extrapolar el crecimiento actual  esperar que vamos a observar tasas elevadas de aquí en adelante.  Por lo mismo, resulta importante entender de dónde viene esta tasa tan elevada.

Primero está el efecto estacional que tanto se ha comentado.  Esto es muy simple.  Enfoquémonos en el crecimiento del 7 por ciento para todo el primer semestre, en vez del 8.8 por ciento del segundo trimestre.  De esta forma, ya casi no existe el peligro de este sesgo.

Segundo, existe un fenómeno estadístico al comparar la producción actual contra los trimestres anteriores, dado que tienen un base más reducida por la recesión de 1995.  Poco a poco se irá eliminando este efecto, dado que estaremos comparando el crecimiento futuro contra 1996 cuando ya empezó a recuperarse la economía.  Por ejemplo, el segundo trimestre del año entrante lo estaremos comparando con el de este año, que tuvo un desempeño sumamente favorable.

Tercero, siempre que una economía sale de una recesión existe un periodo de alto crecimiento antes de que se registren tasas más similares a un desempeño normal.  Esto resulta por el papel que juegan los inventarios de las empresas.  Durante la recesión, como forma de reducir gastos y lidiar mejor con los efectos nocivos de un mercado deprimido, los empresarios reducen su producción, abasteciendo sus ventas a través de una reducción de sus inventarios.  Por lo mismo, cuando salen de la recesión y sienten un mercado fortalecido, aumentan su producción más allá de lo necesario para sus ventas, para poder reconstruir sus inventarios.  Como resultado, se observa un crecimiento elevado por un periodo de tiempo, hasta que sus inventarios llegan de nuevo a los niveles deseados.  A partir de ese momento, el crecimiento se reduce a una tasa que se puede sostener a través del tiempo, que seguramente será entre el 4 y 5 por ciento.

Cuarto,aunque su peso en la economía es menor, la producción agrícola tuvo un desempeño extraordinario, incluyendo cosechas récord en varios productos como el maíz.  Sin embargo, el desempeño de este sector es muy errático y difícil de anticipar.  Su comportamiento no obedece a los mismos factores que explican la industria o el comercio.  Igual como tuvo un crecimiento elevado este trimestre, puede presentar una caída el próximo.  En esta ocasión tuvimos la suerte de que coincidió con el resto de la economía, pero no tiene por qué continuar así.

Otra inquietud que ha aparecido, a raíz del crecimiento tan elevado del segundo trimestre, es si no empezarán a manifestarse presiones inflacionarias como resultado d un sobre calentamiento de la economía.  Esta es una preocupación infundada, dado que existe todavía una gran proporción ociosa de la capacidad instalada de las empresas.  A medida que siga creciendo la actividad económica, simplemente será reduciendo la capacidad ociosa.  Por otro lado, actualmente la economía es muy abierta por lo que la oferta agregada se puede incrementa fácilmente a través de mayores importaciones.

La única parte de la economía que se encuentra más cerca de una plena utilización de su capacidad instalada es el sector exportador.  Sin embargo, este sector no puede incrementar sus precios tan fácilmente porque se encuentra restringido a la competencia mundial.  De todos modos, son los exportadores los que más están invirtiendo actualmente para incrementar su capacidad y no perder su mercado.

Esto significa que la tendencia a la baja en la inflación debe mantenerse.  Con los resultados de inflación hasta la fecha, los precios han aumentado 19.25 por ciento hasta la primera quincena de agosto, con respecto a la misma quincena del año anterior, cuando faltan 9 quincenas para concluir el año.  A estas fechas se ve que la inflación quedará por debajo del 17 por ciento a fin de año y pudiera llegar muy cerca de la meta original del 15 por ciento que puso el Banco de México a principios de año.

A estas alturas, el factor principal que determinará la inflación final será el aumento en los precios públicos.  Dependiendo de cuánto y cuándo aumenten las tarifas eléctricas, el precio de la gasolina y los salarios mínimos, principalmente, junto con los precios de algunos otros bienes (como la tortilla que ya aumentó), quedará la inflación.

Si el Gobierno decide aumentar estos precios a partir de enero, la inflación de 1997 podrá quedar alrededor de 15.5 por ciento, bastante cerca de la meta.  En cambio, si los aumentos se deciden para antes, ya sea a partir de diciembre o inclusive a mediados de noviembre, entonces la inflación terminará más alta.  Dependiendo del monto otorgado, la inflación podría terminar entre 16 y 17 por ciento.

Esto es suponiendo que se mantenga la estabilidad en el tipo de cambio,que se ha observado hasta ahora.  Pero bueno, ése es otro tema que pronto discutiremos de nuevo.


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